domingo, 7 de diciembre de 2014

Buena suerte, mala suerte

Había una vez un hombre que vivía con su hijo en una casita del campo. Se dedicaba a trabajar la tierra y tenía un caballo para la labranza y para cargar los productos de la cosecha, era su bien más preciado. 

Un día el caballo se escapó saltando por encima de las bardas que hacían de cuadra.
El vecino que se percató de este hecho corrió a la casa del hombre para avisarle:
-Tu caballo se escapó, ¿que harás ahora para trabajar el campo sin él? Se te avecina un invierno muy duro, ¡qué mala suerte has tenido!
El hombre lo miró y le dijo:
-Buena suerte, mala suerte, ¿quien sabe?

Pasó algún tiempo y el caballo volvió a su redil con diez caballos salvajes más. El vecino al observar esto, otra vez llamó al hombre y le dijo:
-No solo recuperaste tu caballo, sino que ahora tienes diez caballos más, podrás vender y criar, ¡qué buena suerte has tenido!
El hombre lo miró y le dijo:
-Buena suerte, mala suerte, ¿quien sabe?

Unos días más tarde el hijo montaba uno de los caballos salvajes para domarlo y calló al suelo partiéndose una pierna. Otra vez el vecino fue a decirle:
-¡Qué mala suerte has tenido!, tras el accidente tu hijo no podrá ayudarte, tu eres ya viejo y sin su ayuda tendrás muchos problemas para realizar todos los trabajos.
El hombre, otra vez lo miró y dijo:
-Buena suerte, mala suerte, ¿quien sabe?

Pasó el tiempo y estalló la guerra con el país vecino de manera que el ejército empezó a reclutar jóvenes para llevarlos al campo de batalla. Al hijo del vecino se lo llevaron por estar sano y al accidentado se le declaró no apto. Nuevamente el vecino corrió diciendo:
-Se llevaron a mi hijo por estar sano y al tuyo lo rechazaron por su pierna rota. ¡Qué buena suerte has tenido!
Otra vez el hombre lo miró diciendo:
-Buena suerte, mala suerte, ¿quien sabe?

Las cosas pasan y gracias a las cosas que pasan, pasan otras. En mi vida hubo un momento en el que viví una ruptura amorosa dolorosa a la vez que una situación laboral no agradable.

Para mí el que mi relación no saliera adelante y mi frustración laboral me llevaba a verlo todo como un mal periodo en mi vida. Todo lo veía negro y no veía que de ahí pudiera salir. Pero me puse en marcha. Tenía que haber una solución. No podía seguir estancada en una situación en la que mi único movimiento era estar apenada por mi persona.

Empecé un cambio. Empecé a cambiar las cosas que no me gustaban de mí. Empecé a centrarme en lo pequeño. Lo que tenía cerca. Quería sentirme a gusto conmigo misma.

Después me centré en cómo cambiar mi situación laboral. Y opté por cambiar de país y probar suerte fuera.

 Y ahora miro atrás y veo que esos años que pasé fuera, fruto de un intento de arreglar mi mala suerte, han sido de los mejores de mi vida. Gracias a esa mala suerte en el amor y en el trabajo, conseguí algo que disfruté intensamente y que de otra forma no habría conseguido.

Sí, si hubiera salido bien esa relación y el trabajo hubiera ido genial, seguro que hubiera sido muy feliz de todos modos. O no. He aprendido cosas que sólo podría haber aprendido de la forma en la que lo he hecho.

Y de nuevo otro golpe de mala suerte en el amor y en el trabajo. Nueva bofetada y un nuevo abrir los ojos para intentar superar el mazazo. Y ahora mismo he conseguido gracias a ese golpe, el trabajo de mis sueños.

No he vuelto a creer en la mala suerte ni en la buena suerte. Creo en la cadena de sucesos. Las cosas pasan y a las cosas que pasan las suceden otras. Y el tiempo da el significado a lo que pasa.

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